13 mar 2006

Toca día melancólico. Lo se nada más despertar y ver esa luz sucia que se cuela entre las cortinas. Me arrastro por la casa como si cada paso estuviera decidiendo confundido si debo dirigirme a esa habitación maldita o no… Finalmente me detengo ante la estantería y cojo un libraco enorme. Quien me mandaría a mí… Hojeando encuentro a dos niños en el asiento trasero de un coche. Un chico de unos 9 años tumbado y una pequeña de 3 utilizando la barriga del primero a modo de almohada, ambos rondando el séptimo sueño. E inevitablemente recuerdo que hubo un tiempo en que mi hermano me abrazaba, me hacía dibujos y me decía “te quiero”. En fin, eso mismo, otros tiempos. Ahora su mayor muestra de cariño es hacerme sardinetas, cuanto más piquen, mejor. Supongo que la gente cambia, se adecua al medio. Me pregunto qué ocurrió entre ese niño dulce que adoraba a su hermanita y el “yo-soy-independiente-y-no-necesito-cariño-alguno” de ahora. Imagino que influye el hecho de que se fue de casa demasiado pronto, cuando yo todavía no había entrado en esa edad extraña en la que “te conviertes en mujer” o amago de ello. Supongo que cuando volvió no vio a su hermanita pequeña y no supo cómo tratarme. Y supongo que yo tampoco fui a buscarlo con los brazos extendidos para que me levantase y me hiciese volar por el aire, que ya no le perseguía allá donde iba como su sombra, y que no sabe que aún sigo teniéndolo en un altar. Supongo que echamos de menos ese amor sin complicaciones. Supongo que nos echamos de menos. Mi hermano y yo solíamos dormir la siesta juntos.